68 años

Sesenta y ocho años tras la batalla del Río de la Plata entre el acorazado alemán Graf Spee y los cruceros Exeter, Ajax y Achilles, de la corona británica. Hoy se reúnen nuevamente los veteranos. Y no sólo ellos, sino parientes, amigos, curiosos, autoridades y hasta algún intransigente. Sesenta y ocho años en que los cañones silenciaron después de un combate naval entre caballeros y hoy, desde hace mucho tiempo, perdura la camaradería más profunda. Sesenta y ocho años ya, tanto tiempo… con aquellos “muchachos del Spee”…

La reunión es siempre el tercer domingo de diciembre. El lugar: el cementerio alemán en la Chacarita. El día es luminoso, con poca humedad, un cielo azul casi naval, desacostumbrado al mes que corre. La gente llega temprano y se congrega cerca de la tumba del Comandante, el capitán de navío Hans Langsdorff. Acude el agregado militar alemán, al llegar y ver, su barba se mueve como denotando mal humor, y lo tiene. La gente mayor viene con bastones, gorritas y calzado cómodo, y los viejos veteranos son Schenck, Eubel, Berger, Wecker y Fengler. El abogado Hanna, apoderado in nomine del círculo de camaradería del Graf Spee, merodea nervioso entre la grava de las tumbas vecinas, observa y gesticula, y su traje negro es una mancha entre el fondo de las flores de las coronas y los arbustos cuidadosamente cortados que cubren las espaldas de los cinco sepulcros. Un señor de saco azul, pelado y de buen abdomen, sostiene un clarín. La novedad es que asistirá el secretario de la Asociación de veteranos de la batalla del Río de la Plata, quienes en realidad son los neocelandeses del crucero Achilles. Y ha prometido concurrir también, la embajadora de ese país lejano. Han pasado diez minutos de la hora de inicio y el coronel alemán se impacienta. Acomete al abogado y le pide comenzar. No se distingue el diálogo, pero por las mímicas, no es amable ni mucho menos.

Al fin, sin más ni más, llegan los esperados. El señor Graham Beeson es bajito y mondo, lleva una valija chica y luce medallas, distintivos y una flor en el ojal. Se lo nota contrito. La embajadora, por el contrario, sonríe. Se llama Lucy Duncan, es delgada y alta, viste zapatos oscuros con mucha punta, un saco y pantalón apretados al cuerpo, de color blanco, y una camisa interior negra, sin cuello. Es elegantísima. Saludan y se ubican delante. Vibra el clarín, dos toques: atención y silencio. Hace uso de la palabra Hans Eubel, tocado de un gorrito con visera y lo cumple primero en inglés, luego en alemán. Su contenido es intenso. Habla el señor Beeson, no se le entiende mucho, su inglés es cantarín, pronuncia Speii en lugar de Spee. Y finaliza el abogado Hanna, con un mensaje seco, gesticulado. Un reproductor de sonidos, podría ser un gramófono, acompaña el “Yo tenía un camarada” que cantan los que recuerdan su letra. Hay fotógrafos, hay muchos adictos, está don Seyfarth, un antiguo artesano vidriero de CITEFA que comenta haber asistido al entierro en 1939 cuando solo tenía 9 años, y hasta ha venido un reservista de Patricios con antiguo uniforme de combate de loneta, un tanto ridículo. Después, todo termina con naturalidad.

Caminamos pausadamente hacia el vecino cementerio británico. Allí hay una ofrenda floral ante memoriales y tumbas de caídos de aquel imperio inglés y el Commonwealth donde, de alguna manera, se les rinde homenaje a los muertos del bando contrario. Con lentitud nos retiramos.

Club alemán de gimnasia, en la calle Alberdi, Olivos. Es el almuerzo acordado, de todos con todos. Llegamos junto a la embajadora, temprano. Conversamos, ella habla muy bien el castellano, es culta, preparada, una auténtica diplomática. Por el contrario, el señor Beeson es inquieto, no le alcanzan las manos para fotografiar, firmar, pedir, hablar, registrar y saber, en síntesis inundarse de todo lo que ocurre en esta oportunidad para él inolvidable.

El buffet froid es excelente. Sigue el almuerzo con asado a la parrilla. La mesa es sobria, tiene forma de doblevé recta, han tenido que cambiar la posición de la cabecera, pues hay demasiados personajes “importantes”… Todos comen con fervor y apetito. Don Beeson se mueve mucho, observa, deja ver sus libros recopilados, sus escudos, gorritos y enseñas, mientras que su embajadora conversa con placidez. Los veteranos del Spee están muy lúcidos, se advierte a la legua, pues paladean de todo y están presentes en la actualidad política. Por el contrario, a algunos de los hijos de los marineros se nota que les pesan los años: arrugas, flaccidez, cabellos teñidos, dentaduras maltratadas...

Llegan los postres, hay brevísimos discursos y se entregan gentilezas. Don Hanna obsequia una bandeja de metal plateado con frases grabadas, algo que parece sacado a última hora por encargo a un tercero, mientras que el neocelandés deja una panoplia bellísima, con los escudos de los cuatro buques en relieve y una placa con frases de recuerdos. Al doctor le brillan los ojos de codicia.

La reunión se desguarnece, muchos están cansados, físicamente y también por la emoción. También, no hay que olvidarse, aparecen los aprovechados caza-recuerdos; se llevan firmas, pequeños objetos y fotografías. Son los fenicios de siempre.

Sesenta y ocho años. Casi todos los antiguos combatientes en vida, superan los noventa años. Eran jóvenes audaces y emprendedores. Hablan hoy de aquella Argentina con intenso cariño. No olvidan su generosidad. Sus anécdotas son sensatas: - vivíamos en Sierra de la Ventana como reyes, nunca nos faltó ni luz, ni comida, ni bebida, yo estuve en San Juan para el terremoto del ‘44 y ayudamos, tu padre estaba en mi división y…

En realidad, todos dejaron un legado, y cada año siempre habrá alguien que lo muestre como una alusión de esperanza. Y en ese momento, cada uno que esté allí, y en el silencio postrero, se llevará una evocación que apretará con firmeza en su corazón.



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