Al Capitán de Corbeta Friedrich-Wilhelm Rasenack, un adiós

Actualizado: 29 de dic de 2019

Un obituario de periodista comenzaría con un “Tras una larga enfermedad, nos ha dejado…”, o “Desaparece con la personalidad de…”, y algunas frases más, simplemente contrahechas.

Ayer, lunes 24 de marzo de 2008, despedimos al capitán Friedrich-Wilhelm Rasenack. Quise, en estas líneas, decirle adiós. Ninguna palabra más, ni una de menos, y nada que se asemeje a una fórmula.

Y en este instante, traigo a la memoria un escrito que guardo con apego: aquella visita que ocurriera un sábado 25 de junio de 2005, en la localidad cordobesa de La Falda, en medio de una tarde muy serena que derramaba sonidos leves en todas las direcciones del valle de Punilla, junto a aromas serranos y una magnífica vista hacia el horizonte.

Mientras escribo el adiós, traeré algunos de esos recuerdos que compartí con dos beuneos y nobles amigos: Guillermo Ramírez y Diego Rojas.

El capitán Rasenack falleció el domingo 23, a la mañana. Había dejado su querida La Falda y estaba desde hacía tiempo en el hogar de ancianos Los Pinos. Su salud no era buena y le había impedido asistir en diciembre pasado al encuentro de los veteranos en el cementerio alemán, para rendir homenaje al Comandante del Graf Spee.

El cementerio alemán (y también británico) de Pablo Nogués está emplazado a dos cuadras de la ruta 197. Yo no lo conocía. Es agradable, hay flores, plantas, árboles, sendas y lápidas al ras del suelo, como esos camposantos denominados “jardín”.

Aguardaban en el portal varias personas: los tres hijos, nietos y bisnietos, el inefable doctor D’Anna, el agregado militar alemán adjunto, simpatizantes y amigos.

Recuerdo entonces que … a las cuatro y media en punto, a pasos del mítico hotel Edén que aún difunde historias, se encuentra la casa del Capitán de Corbeta Friedrich-Wilhelm Rasenack, quien fuera oficial técnico de artillería del Graf Spee y que protagonizara imaginativas maniobras durante su fuga hacia la Alemania en guerra.

La familia recibe el féretro con sencillos ramos de flores. Los que más lloran, son los nietos. Acompañamos a la capilla, donde el pastor evangélico ofrece un responso. Lo hace en alemán y parte en castellano. Tanto él, como un incondicional amigo, el doctor Leonhardt, cuentan su vida, una vida de maniobras, fugas, éxitos, alegrías y penas.

Yo conocía su biografía, pero en mi adiós, es bello refrescarla. Nacido en Dantzig en 1914, ingresó a la Kriegsmarine en 1932. Se embarcó en el velero escuela Niobe, que tuvo un triste final durante una atroz tormenta. Friedrich-Wilhelm se salvó, entre pocos, por su baja estatura. Según narró Leonhardt, habrían ordenado a todos, en aquel momento, refugiarse bajo cubierta y los que primero ingresaban lo hacían por talla. El entonces cadete quedó afuera en el momento del naufragio, cayó al mar y fue rescatado.

Luego, viajó alrededor del mundo en el crucero Köln y, tras su egreso, fue destinado al Spee. Después de una atrevida fuga desde Buenos Aires disimulado como comerciante búlgaro de vinos, por América y Rusia, volvió al combate y se embarcó en el Tirpitz. Prisionero durante algún tiempo en Inglaterra, retornó a la Argentina en 1949, con su mujer Petra y sus hijos.

Mientras se desliza su vida, rememoro 2005: … estamos por acceder, tras sacudir la campana de anuncio. Aparece una señora menuda de cabellos cortos, rubio apagado. ¿El ama de llaves, la gobernanta o simplemente la mujer que lo cuida? Tras la puerta abierta, en el hall, aparece el veterano oficial, curvado por sus 91 años, pero sólo en la apariencia física, pues saluda como si estuviese a bordo recibiendo a un Almirante y habla con la firmeza de un artillero impartiendo una orden de tiro. El living-comedor es espacioso, con un ventanal enorme hacia la ciudad que está lejos. Hay que estar para sentir la gravitación del pasado y más cuando uno lo conoce. El Capitán avanza lentamente y nos invita a sentarnos alrededor de una mesita, ya preparada la vajilla para el té y una suculenta torta de crema. Exploro con la mirada los recuerdos: una maqueta del Spee en una vitrina, otra del Tirpitz en un mueble bajo, el escudo de la familia Spee, un bloque de acero que llama la atención[1], un cuadro de un velero de tres mástiles, una breve biblioteca con libros navales y muchas imágenes familiares.

Avanzamos por la senda, muy despacio. Delante, los seres cercanos y queridos van a la saga del ataúd. Silke, una de las hijas, nos alcanza a cada uno un ramito de flores para dejar caer cuando cuerpo y alma toquen tierra. Un gesto sereno.

Y vuelvo a La Falda: … el té se había entibiado, mientras el atardecer se precipitaba. El oficial naval mostraba apenas signos de fatiga. Pero, era prudente dejarlo ya. Estrechamos su mano con el afecto que sólo conciben aquellos que están liberados de todo materialismo y espíritu mezquino. Todo lo opuesto, esa tarde había sido nuestra, exclusivamente. Lo entrañable dejaba a un costado toda avidez de ambiciones palpables. Nos fotografiamos junto al anciano veterano, de a dos pues no entrábamos en el sofá y le dijimos hasta pronto. Y sería la vez postrera…

Afuera, nada había cambiado, salvo que llegaba el crepúsculo. En la puerta, le dijimos adiós a la señora, impregnados de sosiego y de la vívida experiencia.

El capitán de corbeta Friedrich-Wilhelm Rasenack ha surcado el mar por última vez. Lo ha hecho entre quienes más lo sentían, sin rumor alguno, sin el interés de la nota periodística, sin caza-recuerdos y sin dobles intenciones, así como vivió, un hombre que amaba la vida y a sus semejantes, con sus principios, convicciones y simpatía.

[1] El capitán explicó cómo habían llegado a sus manos algunas planchas del blindaje del cinturón blindado (y por ende el cubo), recobradas por una empresa japonesa, y cómo fueron utilizadas para fabricar guillotinas para la firma Orbis, donde había trabajado muchos años.

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