Bitácora Nº 23: catapultaje desde un portaviones del presidente

Hoy me mandaron las dos notas que cierran el artículo y aprovecho para dejarles partes de una historia completa, relato que figura en el libro "Juliano", de mi autoría. Encabeza este trabajo, una obra vívida y colorida de mi gran amigo Allan E. O`Mill, autor de pinturas que siempre están presentes en mis libros, escritos, anécdotas y en mi hogar pues los mares y cielos de sus cuadros me iluminan a diario con sus olas recias, turbulentas y uno se siente navegando en aguas que exigen estar alerta a toda la tripulación. Y el cielo, vivo, acompaña al buque en su travesía, y a la aeronave.


Alfonsín y el portaaviones

Cuenta “Catapulta, entonces capitán de fragata, , aviador naval y veterano de Malvinas”:




El presidente electo Raúl Alfonsín, con comitiva, aterrizó

a bordo de un helicóptero en la cubierta del portaaviones ARA

Veinticinco de Mayo. Fue recibido con los honores reglamentarios

acordes a su investidura. Había volado desde Buenos Aires

en un Fokker F-28 naval a Trelew y desde allí, en un helicóptero

Sikorsky S-61 D Sea King hasta la nave insignia. El buque, con

más de 1.000 hombres a bordo, se desplazaba a velocidad reducida.

Era un día, como se afirma en la jerga, de “almirantes, brigadieres

y generales”. El mandatario fue recibido por el comandante

de la nave, capitán Jorge Osvaldo Ferrer, por el segundo

de a bordo, capitán Daniel Fusari, y por el Jefe de Operaciones,

el que habla.

Alfonsín con su comitiva, iniciaron la recorrida del ARA 25

de Mayo, sin escamarse, y tras haber impuesto a todos su propio

ritmo, preguntaba a los jefes navales con agudeza y sin dobles intenciones.

El invitado registró las aeronaves exhibidas en cubierta,

se detuvo ante un Grumman S2 Tracker, y preguntó por la cantidad

de tripulantes que lleva, le respondieron “cuatro”. Se dio vuelta hacia

los acompañantes y lanzó al azar, señalando al Tracker con alas

plegadas, un: “Quiero ver a las ballenas en ese avión”. Distingo que

Arosa dirige su mirada a Ferrer y le susurra: “Ya se le va a pasar”...

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Provisto con ese traje anti-exposición, la “goma”, con un cierre

cruzado por el pecho, rodilleras de goma, botas especiales, el

chaleco multipropósito y el casco en la mano, nos encaminamos

hacia la cubierta, donde indefectiblemente tuvimos que esperar

hasta que la máquina estuviese lista. El copiloto abandonó la butaca

derecha, se ubicó detrás, y el presidente electo de los argentinos,

don Raúl Ricardo Alfonsín Foulkes, fue acompañado, instalado y

asegurado junto al comandante, en ese lugar privilegiado con panorámica

visión hacia el exterior. Camino a la máquina, se había

colocado el gorrito con visera de la escuadrilla, un escudo blanco de

la nave, un saco largo impermeable y un chaleco inflable alrededor

del cuello. Eran las 17 horas del 26 de agosto de 1985. Ya en el

asiento, amarrado con firmeza, su rostro estaba sereno y el casco

color blanco que había desplazado la gorra, no ocultaba la resolución

de su mirada...

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partir de ese intervalo, los nervios alerta, comenzó el apogeo

del despegue de la aeronave, cuando emergen nuevos actores

y elementos en el proscenio: el director de lanzamiento, el jefe de

la cubierta de vuelo, el jefe de lanzamiento y una especie de panel

elevado que brota del piso, donde se distingue el botón de accionamiento

de la catapulta. Las señales son visuales: el piloto acelera a

máxima potencia, verifica nuevamente el instrumental, la máquina

pugna por salir, las señales con las manos arrecian, la tripulación se

tensa, el copiloto actúa según códigos prestablecido y enérgicos y

en un santiamén, el jefe de lanzamiento toca el suelo y acciona el

botón. Ya no hay retorno: en 1,5 segundos el avión debe recorrer

los 57 metros y acelerar de cero a 115 km/h. Segundos después, está

en el aire.

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Tres minutos más tarde, aliviado,

le acerqué el objeto a Alfonsín, quien agradeció. Con mucho cuidado,

claro, había sido cadete de un Liceo Militar, colocó en la percha

de madera el pantalón con sus rayas coincidentes, el saco, chaleco,

la camisa y la corbata, y con la mano eliminó pelusas y arrugas imaginarias.

Hecho eso, me miró con determinación:

Sepa usted capitán que yo cuido mi vestimenta, y no se sorprenda,

no tengo mucha y no puedo darme el lujo de comprar nueva… verá

que está medio gastado el traje, pero está limpio y lo cuido. Por eso, lo

mejor es una buena percha. Sea como sea, soy el presidente de los argentinos,

y ahora con la democracia, tenemos que mostrar sobriedad.



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