LAS ANÉCDOTAS DE KARL FENGLER (Compilado por el Círculo del Graf Spee)

Actualizado: 25 de dic de 2019



Descubrimos no hace mucho tiempo que el Obergefreiter de la 3ra. División del Panzerschiff Admiral Graf Spee, Karl Fengler, es un consumado cuentista. Aunque ya no está, usamos el presente, pues todavía lo sentimos a nuestro lado.

Yo diría que últimamente ha despertado, ha rejuvenecido, y nos dedica sus historias con gran afecto, con un divertido humor, y hasta logra repetirlas sin error alguno. Recopilamos anécdotas, cuentos, experiencias y otros ensayos de este magnífico camarada, amigo y padre, cuya memoria es privilegiada. Merece retenerlo todo en las narraciones, como un canto al ejemplo de vida. Ahí lo vemos, sentado en su silla de ruedas, su gorra y su sonrisa.

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Anécdotas de a bordo:

“Fiedje” Kay y su tentación

Walter Fiedje Kay

Una divertida anécdota, ya del pasado y a bordo del Graf Spee, estuvo relacionada con Walter “Fiedje” Kay, el primer oficial, quien todo lo controlaba en el buque, recorría y sancionaba, y todos le escapaban. Nacido en la zona de Hamburgo, le decían “Fiedje”, palabra del dialecto Platt que significa Fischer, o sea pescador. Era nada menos que el responsable de la disciplina, ley y orden a bordo. Esta historia se refiere a un plato de comida que solía preparar Karl en algún recoveco oculto del Spee, las llamadas Bratkartoffel mit Leberwurst (papas saltadas en la sartén, no fritas,) y con Leberwurst, que hacía las delicias de todos[1]. En un momento en que las papas crepitaban en la sartén, y que los marineros se arremolinaban alrededor de los aromas, apareció Kay, observó la fuente, esbozó una sonrisa y señaló con el dedo: - ¿qué bueno, no me convidan? A lo que Karl respondió, - si, si usted nos convida con una cerveza para acompañar… Kay cumplió y ordenó enviar los famosos Scheinwerfer (reflectores, por el parecido en su formato con los homónimos del buque que tenía alrededor de la chimenea) y todos disfrutaron de la buena mesa, en especial Kay, que hizo llevar una fuente a la cámara de oficiales para él solo.

El whisky del Comandante

También nos contó Karl que el Capitán Langsdorff solía beber whisky con soda, y ésta se había acabado a bordo, en un momento ya avanzado de la navegación. Como la soda no debía faltar, le habían ordenado preparar botellas de agua a la cual les agregaba una pastilla sin sabor, que gasificaba el contenido. Según él, se pasaba horas haciéndolo, y el Comandante podía seguir bebiendo tranquilo, confiado en que cualquiera de la tripulación sabía solucionar el mínimo problema.

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En Capilla Vieja

La cacería de vizcachas

Un día, ya eran prisioneros y no internados, los marineros del Graf Spee alojados en la colonia – o campamento, o Lager -, de Capilla Vieja, decidieron pedirle al jefe permiso para salir a cazar de noche.

José Gabriel Paz había asumido como Jefe del Campamento de Prisioneros de Guerra el 14 de febrero de 1945 pero dejó su cargo temporariamente el 25 de marzo, para regresar el 30 de junio. En su jefatura se produjo la rendición de Alemania a los aliados (8 de mayo de 1945). Paz era del arma de Infantería, hijo del coronel del mismo nombre, y que Karl presentaba como “hijo del general Paz” (José María), quien había conseguido que su hijo fuese a “descansar” a Capilla Vieja, según decían. Una fábula sin límites…, imaginar al prócer unitario padre del joven oficial.

Aparentemente, entre las armas que tenía el grupo militar había una ametralladora Colt calibre 7,65 mm., refrigerada a agua.

Y así Paz, entusiasmado con la idea de una cacería, ordenó colocar la ametralladora en la caja del camión, todos treparon al mismo y salieron rumbo a las vizcacheras. La noche era cerrada, y las estrellas iluminaban un poco el irregular terreno. El vehículo se detuvo bastante alejado de las cuevas para no alterar a los roedores, se apagaron las luces y se hizo silencio. Pasada una media hora, Paz ordenó colocar la ametralladora en posición sobre el afuste apoyado en el piso del vehículo, colocar la banda de municiones y bajar la tapa posterior del camión, para disponer de campo de tiro. Pasado el tiempo, se detectaron movimiento allá en una porción del terreno sin pastos ni arbustos, donde se ubicaban las vizcacheras. El subteniente accionó la palanca de carga, se acomodó, apuntó y oprimió la cola del disparador, con la seguridad en su sonrisa de que haría un estrago y causaría la sensación entre los marineros. El tableteo fue infernal y todo el terreno delante quedó envuelto en una polvareda gruesa, tras el tiro que el subteniente calificó de segador progresivo, ante la atónita mirada de Karl y sus camaradas. Segundos más tarde, la suave brisa despejó la cortina, y todos se percataron que las vizcachas habían desaparecido, sin dejar a nadie en superficie. Karl no dijo nada, y otros marineros sonrieron con algo de burla. Frustrados, regresaron al campamento y allí, Paz se fue a dormir, mientras Karl contó la verdadera historia. Sin escatimar detalle, agregó que las vizcachas, ante el fracasado efecto del arma pesada, se habían burlado del tirador, agitando las orejas de adelante hacia atrás, a la par que gesticulaba, con las palmas de la mano sobre las cejas, a guisa de las orejas de los desconfiados animalillos, de atrás a adelante. La risotada de todos despertó a Paz, quien gritó desde su ventana: - ¡silencio, desgraciados!

Competencia de automóviles

A mi requerimiento a Karl, en ronda en un patio de Capilla Vieja, acerca de Hein, mi padre, nos narró acerca de una carrera de autos. Cuento en mi libro, y también figura el aquella publicación que dieron a luz los internados, la famosa Bierzeitung (Diario de la cerveza), que Hein había comprado un auto marca Rugby con otro camarada. Pero no era el único, otros marinero tenía su propio vehículo y entre ambos poseedores de movilidad había “pica”, confiesa Karl por saber quién conducía más rápido. Así, una noche, muchos jóvenes bebiendo cerveza en la Villa, los dos choferes decidieron correr una carrera. El automóvil del otro marinero, pese a ser más potente, tenía problemas con la luz, pero no se amilanó, y pidió especialmente que quien pasara por la tranquera de entrada en primer lugar, la dejase abierta. – Si, si – dijo Hein – no hay problema. Como era de suponer, el Rugby llegó primero, Hein abrió el portón, cruzó con el auto en marcha lenta y… lo volvió a cerrar. Tres minutos más tarde, el otro conductor, confiado y aún con posibilidades de alcanzar a Hein, cruzó raudamente la entrada, pero se topó con un firme portalón de madera, que por el impacto hizo añicos la trompa del auto, incluido el radiador y los faroles. Hecho una furia, descendió y pateó la rueda de su destruido auto, observando a lontananza dos luces rojas que desaparecían por el camino.

Mascotas

Las mascotas del campamento, formaban parte de este conglomerado de jóvenes inquietos. Muchos de ellos tenían caballos, pero los usaban para ir y venir al pueblo. En un paréntesis, Karl Fengler acotó que él mismo había conseguido un caballo llamado Pashá, muy bueno, pero que una vez, galopando, lo había dejado en la estacada al meterse un una zona de vizcacheras y lo había tirado al suelo, sin consecuencias ni para jinete ni para la monta. Pero volvamos a las mascotas. Una yegua formaba parte del paisaje: era una bestia blanca, muy flaca, que nadie montaba, y lo único que hacía era comer pasto. Pero este animal era especial. Los días domingos, temprano, ingresaba al patio central alrededor de donde estaban las habitaciones y comenzaba a golpear las baldosas con sus los cascos, y entonces todos se despertaban con algún insulto. No había manera de ahuyentarlo, y cuando estaba seguro de que la marinería estaba en pie, caminaba hacia la parte exterior de las cocinas y devoraba lo que había en el tacho de basura, repleto de comida de las opulentas cenas de los sábados, en especial los fideos, que siempre sobraban porque no les gustaban demasiado a los comensales. Los cocineros sabían, pero nada decían pues el animal les era simpático. Al lado del tacho, le dejaban una palangana enorme con té aguado, que el noble bruto bebía con fruición. “Era un caballo muy fino” – contaba Karl.

Al caballo se agregaban un perro salchicha que adoraba el chocolate, un gato muy discreto que se alimentaba exclusivamente de palomas que cazaba y dos mantos negros o pastores alemanes, no recuerda Karl. Cuando andaban solos eran inofensivos, pero en pareja eran temibles. Los vecinos del Campamento temblaban ante sus tropelías. Una vez mataron catorce corderos, y el dueño vino a quejarse al Jefe. Como resultado, hubo que pagar, y comer cordero varios días.

La primera salida

Fue memorable pues ocurrió de manera fortuita: los pueblerinos solicitaron, por carta, a quien estaba a cargo de los internados, Walter Grabau, la presencia de unos cuantos marineros, pues se necesitaban bailarines en la Villa, pues se acercaba una fiesta importante. Y allí fueron unos cuantos – todos no podían hacerlo – y al regreso, Grabau recibió como propina una damajuana de vino. Luego, las salidas se harían más frecuentes y dada la cantidad de estos muchachos en el pueblo, hubo que limitar los permisos, y Grabau nunca más recibió sobornos.

El sonámbulo.

Uno de los marineros sufría de sonambulismo. Caminaba, cantaba y no dejaba dormir, pero nadie se animaba a despertarlo, pues era sabido, por lo que decían los más viejos, que no era conveniente hacerlo. Unos pocos desconfiaban y sostenían que era un simulador. Así, una noche, los descreídos le prepararon una trampa: unas palanganas con agua tibia a los pies de la cama, donde habitualmente colocaba las pantuflas. Pasada medianoche, era la hora estimada, el sonámbulo se incorporó con movimientos lentos y en escuadra, como un autómata, presto a calzarse, pero sus pies se sumergieron en el agua. El muchacho quedó quieto, mientras un camarada le decía en voz baja: - ¡es una meada! El sonámbulo se puso de pie y sin medir consecuencias, corrió a lavarse al baño. Jamás volvió a sus andanzas.

Actividades de Karl

Entre la diversidad de actividades de Karl, nos contó que los sábados trabajaba en la panadería del Tirol, en la Villa, horneando bollitos, y así ganaba buen dinero, amén de recibir los sueldos de los gobiernos argentino y alemán. Era buena plata. Tanto era que un día viajó a Córdoba y ordenó confeccionar cuatro trajes a medida, “pues eran baratos”. En la ronda de las historias, María Elena, su hija, acotó: ¿para qué querían tantos trajes si no los usaban…?

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La fuga

Corría el año 1944 y fue entonces, cuando en algún momento Karl dijo: - yo levanto vuelo. Esto lo repitió en noviembre de 2013 en Capilla Vieja durante sus largas y memoriosas charla, a la par que acompañaba la idea con el típico gesto de los brazos agitándose como alas de un ave, y su natural sonrisa de picardía. Era el preanuncio de su fuga.

Y así le llegó, a Karl Fengler, la hora de volar. La fuga fue gestándose lentamente, pero sin pausa. Fue así que un día, uno de los tantos en que el camioncito de Capilla Vieja al volante de Karl o de su compañero de turno, rumbeaba a Córdoba hacia el mercado a buscar víveres y otras comisiones, que nuestro marinero se decidió a escapar a otros confines. Lo atraían no sólo los aires de libertad, jamás quiso sentirse atado, sino la señorita Francisca Rovera a quien había conocido en Santa Rosa de Calamuchita a instancias de una familia Goldstein, y había quedado prendado. Francisca fue la conexión y el detonante para la audaz maniobra de huir.

Ya el camioncito en la Docta ciudad, Karl le pidió al compañero: - aguántame 4 o 5 horas y después puedes avisar que no he vuelto.

En ese par de horas, Karl se organizó – llevaba una pequeña valija-, y se encaminó a la terminal de ómnibus, donde tomó un colectivo que se dirigía a Villa Ascasubi, cerca de Tancacha donde vivía Francisca con la familia.

Villa Ascasubi tiene hoy 124 años, pero si suma a su historia la del paraje preexistente que se formó alrededor de una capilla creada en los primeros tiempos de la colonización española, la historia local se remonta al menos a unos 350 años. De ese modo, es uno de los poblados más antiguos del centro cordobés. Su crecimiento surge en la segunda mitad del siglo XVI con el nombre de Capilla de Rodríguez, recostada en la margen Norte del río Tercero o Ctalamochita, en un ambiente de defensa de la usurpación con el malón de los originarios nómades del sur, originalmente los indios pampas. La encomienda de esos tiempos autorizaba el servicio personal de los indígenas a favor del encomendero, el cual como contraprestación debía procurar su evangelización católica. El primer encomendero fue el capitán Rodríguez, uno de los oficiales de las tropas de don Gerónimo Luis de Cabrera, fundador de la ciudad de Córdoba en 1573.

En 1728, el diocesano de Córdoba de la Iglesia Católica José de Sarricolea y Olea, autoriza la fundación, o se le da el título de capilla al oratorio allí construida por un descendiente del primer encomendero, Juan Francisco Rodríguez, del que toma su nombre: Capilla de Rodríguez, designándosele como patrona a la Virgen de la Inmaculada Concepción. En 1805 la actividad evangelizadora del presbítero Benito Lascano logra afincar en torno de la capilla unas cincuenta familias de originarios convertidos al cristianismo provenientes de tolderías del sur. Comenzó la labranza de tierras nuevas, lo que motivó la llegada de diversos inmigrantes europeos. En 1889 se realiza la traza del poblado, a cargo del ingeniero Fernández Ponce, y estableciéndose recién el 25 de septiembre de ese año la fecha oficial de fundación. Ese día, un decreto del gobernador Marcos Juárez aprobada el loteo de tierras de lo que hasta entonces era un paraje conocido como Capilla de Rodríguez, con el nuevo nombre de Villa Ascasubi, en homenaje al poeta nacional Hilario Ascasubi, muy reconocido en aquellos tiempos aunque sin relación con esta zona.

En cuanto a Tancacha, fue fundada el 15 de octubre de 1913, cuando se terminó de construir la estación de ferrocarril por parte de los ingleses. Asimismo, la fiesta patronal se celebra el mismo día en honor a Santa Teresa de Jesús. El nombre impuesto resulta de la contracción de las palabras Tankay (empujar) y Kancha (pista de juegos, sitio, corral). Es decir "Cancha para el juego de empujar o pechadas", juego practicado por los aborígenes que habitaron la zona. Cuenta la leyenda que Tancacho, un cacique indio que luchó contra los colonizadores, ganó prestigio por el empeño que puso en ello a tal punto que su nombre perduró con los años. En la zona, un lugar recibió el nombre de "Pocitos de Tancacha", y posteriormente una estancia fue llamada Tancacho. El nombre "Tancacha" se debe a que cuando José María Ferreyra, en el año 1877 compró una estancia en la zona, la bautizó como “Estancia Tancacho”. Más tarde, con la construcción del ferrocarril, los ingleses decidieron ponerle ese nombre a la estación del pueblo pero en femenino, quizás por una deformación fonética debido al defectuoso español que entremezclaban los británicos.

Karl se instaló y trabajó en ambas localidades, como albañil. Los tiempos eran difíciles y todos presumían, o temían, que lo estarían buscando. Por esa razón, un día lo llevaron a Chazón y lo ocultaron en un silo durante siete meses. Su disfraz, ante todos, era: “es el técnico alemán que viene a arreglar el silo”.

Karl

Francisca

Chazón es un pueblito pequeño, a la vera del ferrocarril y en la ruta que se dirige a La Carlota desde Villa María. Yo visité el lugar en camino a la estancia “El Montecito” de don Patricio Watson, en Santa Eufemia. Mucho no recuerdo, tenía apenas 5 años pero guardo imágenes en mi memoria: mi valija, el tren, el sulky....

Fue fundada en 1902, tras que la Compañía de Ferrocarril Central Argentino adquiriera las tierras a dos empresarios suizos, que tenían extensiones de campos en la zona. En 1903 se inaugura la estación y llegan las primeras formaciones. En 1948 pasa el presidente Juan Perón saludando a los presentes diciendo su más famosa frase: "el año 2000 nos encontrará unidos o dominados". Después de él ninguna autoridad visitó jamás la población.

Pasado ese lapso ingrato e incómodo, el risueño Fengler pasó a Monte Maíz, pues Francisca tenía buenos y confiables amigos allá. Pero nada duraba. La historia de este pueblo con más de 7.000 habitantes comienza en 1867 cuando alentados por un tal Seymour, los hermanos Gerald y Charles Talbot se establecen al sur de Monte Molino (actualmente Monte Molina) fundando la "Estancia Monte del Maíz”, luego adquirida por Nicanor Joaquín Arévalo. A instancias de los inversionista ingleses Read y Ricketts, se abren varios comercios como el almacén de Juan y Valentín Bisiach, la panadería del Juan Arramberi, la herrería y fábrica de carruajes y armas del suizo Alois Vogel, el almacén de ramos generales de Maximiano Laiseca; la carnicería Barragán; los almacenes de Ghio Hnos., de Enrique Gobbato y Francisco Tacca; la fonda de Francisco Fassiola, y otros. El 1º de julio de 1902, el agrimensor Enrique Glade realiza para el Ferrocarril Central Argentino el primer plano de demarcación del pueblo: es en ese momento la fecha fundacional de Monte Maíz.

Karl vuelve a Tancacha y allí se encuentra con otros dos marineros en fuga. Los tres eran jóvenes, tenían dinero, jugaban al tenis e iban esporádicamente a la ciudad de Córdoba y se compraban trajes, innecesarios en el campo, así se lo recriminaba Francisca. Recordemos que los marineros cobraban dos sueldos: el de la marina alemana y el del gobierno argentino por ser internados. Se arriesgaban pero no tanto y confiados, seguían sus andanzas. Más tarde, el tiempo pasaba, Carlitos se fue a Ascochinga y a La Granja, quizás aburrido de no hacer nada, y fue contratado como cocinero en la hostería “Armida” de dueños alemanes.

Ascochinga tiene un nombre indígena, cuyo significado sería "perro perdido". Desde el siglo XIX era un destino turístico privilegiado por la alta sociedad argentina, que se alojaba en diferentes estancias ubicadas en las cercanías, pertenecientes a familias distinguidas, entre ellas la "San Miguel", de la familia del gobernador Cárcano, y "Las Barrancas", famosa por su parque, que perteneció a Dulce Liberal de Martínez de Hoz. Se encuentra también la estancia "La Paz", propiedad entonces de Julio Argentino Roca, hoy un exclusivo hotel, rodeado por un gran predio con una frondosa vegetación y un lago artificial, cuyo parque fue diseñado por el arquitecto y paisajista Carlos Thays.

Karl, que de cocina sabía – ya lo contamos cuando él elaboraba platos a bordo-, se dedicó a mejorar sus habilidades. Pero un día preparó una sopa de zapallitos, y quizás, o usó la cáscara o alguna planta que venía junto a las hortalizas (tal vez ortiga), no lo sabemos. Feliz, entregó a los mozos las soperas y se dedicó al plato principal. Desde su lugar de trabajo alcanzó a escuchar gruesos murmullos que provenían del salón comedor. Los mozos volvieron con las soperas intactas, pues todos los comensales habían protestado ante el propietario y rechazado por su sabor amargo. Atribulado, el dueño lo encaró en la cocina:

- Carlitos, ¿qué pasó con la sopa?

- Nada – respondió abriendo los ojos, - todo está bien.

- ¿Puedes probarla, por favor?, – lo animó el hotelero.

Karl, tras segundos de duda, llevó una cucharada sopera a la boca, hizo un gesto y replicó: - esto está para tirar, no sé qué pasó.

Y así finalizó la aventura culinaria. Carlitos le escribió a su novia acerca de sus desengaños, y ella le organizó alojamiento en Gigena, en casa de una hermana. Ya la guerra había terminado, pero aún era indocumentado. En Gigena empezó a trabajar como camionero y en 1950 se casó con Francisca.

Su felicidad sincera nos es hoy, aún ausente, muy contagiosa y su vuelo siempre nos acompañará.

[1] La receta no es complicada: se saltan papas cortadas en rebanadas finas en una sartén con aceite y cuando están doradas, se agrega Leberwurst en cantidad generosa pero no en exceso y se deja pocos minutos, revolviendo profusamente, para que tome ligera temperatura. Antes de servir, se sala muy ligeramente. Se acompaña con cerveza, es infaltable, y en ese momento, estimado comensal, para que el placer sea completo, debe recordar usted a Karl Fengler en el Graf Spee.




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