Bitácora Nº 17: el Cuartelillo de Sarandí del Yí (ROU)

18/4/2021

PRISIONEROS DEL GRAF SPEE Y DEL TACOMA EN EL CUARTELILLO DE SARANDI DEL YI (R.O.U.)



Por Enrique Rodolfo Dick



21 de marzo de 2002, once quince de la mañana. Nos acercamos al Cuartelillo de Sarandí del Yí, en el departamento de Durazno, una construcción muy antigua que pasó de mano en mano en su historia y hoy, declarado monumento histórico nacional por resolución del Poder Ejecutivo, es y será conservado por el Ejército Nacional de la República Oriental del Uruguay. Al verlo ya más próximo, se percibe el cariño para cuidarlo.

Por la calle que abandona la localidad de Sarandí del Yí, y después de un recodo de la ruta 6, apreciamos la tradicional construcción, (tiene unos doscientos metros de lado) con sus murallas almenadas de dos metros de altura y una monumental torre, testigo vigilante de la historia. Como centinela, una garita avanzada a la entrada. Voy en compañía del arquitecto B., autor de los planos de la reconstrucción y obras futuras y del Teniente Coronel del EN Fernando Ciarán, un gran amigo. Conducen el minibús dos suboficiales de la Brigada de Ingenieros, llevándolo con pericia por las ondulaciones de las rutas, tras más de doscientos kilómetros de sostenida marcha desde Montevideo. Ya más cerca, distingo mucha gente y la agitación propia de la emoción previa a la ceremonia. Echamos pie a tierra. Pobladores, militares de alto rango, curiosos, banderas flameando, una banda de música oculta tras los portones que han de abrirse después de la inauguración, invitados, periodistas y bastante tropa, conversan o se aprestan. Todo está limpio, prolijo y ordenado. Un helicóptero UH-1H uruguayo aterriza en un campo lindante y deja en tierra al Comandante en Jefe del Ejército Nacional. Saludos y presentaciones.

La apretada multitud se agita pues acaba de llegar el ómnibus con los invitados especiales, fletado desde la capital. Descienden, con la lentitud y cuidado propios de la edad, ex tripulantes del Graf Spee y del Tacoma, el escritor Joseph Gilbey[1], el embajador del Japón, representantes de la embajada alemana, el capitán Oscar Medina[2]

El general Francisco Wins, Comandante de la División de Ejército II y artífice de la iniciativa, saluda y luego ordena con una seña a un ayudante, el comienzo. Habla un académico quien relata las historias.


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Repasando los tiempos, en esa zona se producían, allá por el siglo XVIII, denuncias de aparición de ladrones y contrabandistas. Por su posición geográfica, el lugar era muy apto para controlar las irregularidades. Sucesivas acciones desembocan en la instalación, allí mismo, de un componente militar. Corre el año 1903. Dos años más tarde, el gobierno comisiona al Teniente Coronel José Chiappara a erigir tres cuarteles en el interior del país. Uno de ellos, el único que se conserva tal cual fue, es el Cuartelillo de Sarandí del Yí. Así, en 1907 se instala una guardia permanente tras sus muros y en 1908 pasa a depender del Regimiento de Caballería Nro. 8. En 1911 ocupa el cuartel el Batallón de Ingenieros Nro. 11 y en 1918 es relevado por su homónimo Nro. 10. Con el correr de los años, se suceden visitas, pasos y recorridas de diversas unidades del Ejército Nacional hasta que, desocupado, habrá de albergar nuevos huéspedes. Es 1942, en plena segunda guerra mundial.


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Ha pronunciado sus palabras, el académico. Después lo hace un licenciado en historia, quien se refiere a los hechos de la batalla del Río de la Plata. Tras el silencio, se abren los portones de madera a la par que la banda entona una marcha. A ambos lados del portal, están las salas del museo de la mencionada batalla. En su interior el licenciado explica, mientras los visitantes se agolpan para escuchar o continuar hacia adentro. En el patio, rodeado de otras construcciones y un galpón, flota un delicioso aroma a asado. Al fin puedo entrar. El recinto de la izquierda muestra en sus interiores vistas del antiguo Cuartelillo, fotos de época y sus reconstrucciones, bibliografía del Graf Spee prestada por el capitán Medina del museo Malvín, decretos de los tiempos de guerra y una lista de los internados alemanes, y maniquíes con uniformes del EN de antaño. Paso al ala derecha que, amén de poseer vitrinas y mesas, desemboca en una esquina donde están las entrañas de la torre. Hay uniformes, cuadros, maquetas y recuerdos. Merecen una descripción pues denotan el esfuerzo de los organizadores. Uniformes de marineros, escudos del Spee, dos maquetas del navío alemán y una del Exeter, una réplica de la chaquetilla blanca del capitán Langsdorff usada en la película filmada en 1957 con sus condecoraciones, la chaquetilla del oficial mercante Sörensen, del comando de presas del Spee, vestimentas y elementos litúrgicos del capellán del Tacoma y un rincón especial dedicado al capitán Rasenack. Me llaman la atención unas fotografías y unos documentos insertos en un atril. Distingo al Rasenack actual, muy viejito y en su casa de La Falda, seguramente. Junto a él, el general Wins. Una carta lo explica todo: el marino ha ofrecido toda su colaboración al museo. Y giro mi vista a la derecha y allí están, su saco naval azul, sus documentos y su uniforme de gala. ¡Qué donación tan valiosa! Salimos al patio y caminamos hacia la izquierda, para advertir los alojamientos de los antiguos moradores alemanes, retocados a nuevo. Más allá, distingo los muros, sólidos, y en vías de mejorarse, desvencijados por el paso del tiempo. Un ala con techo de chapa nos indica que existen otras instalaciones que están siendo reformadas: cocinas, enfermería, aulas… Allí pasaron unos cuantos años los marinos alemanes.


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Tras la batalla de los tres cruceros ingleses y la nave germana en 1939, se produjeron los hechos conocidos. El Capitán Langsdorff voló su buque y los marinos, tras pasar por el mercante Tacoma, subieron a los remolcadores argentinos y pusieron rumbo a la otra orilla. El mercante fue incautado y más de noventa alemanes de los dos barcos, entre heridos y capturados, fueron internados allí mismo. Los primeros tiempos, y bajo palabra, quedaron en la capital. Pero al involucrase el gobierno uruguayo, los internó bajo vigilancia en una enorme casa quinta llamada Villa Catalina en el barrio Nuevo París de la capital. Después, en 1942 son llevados a Sarandí del Yí…

Existen disímiles versiones de la estancia de los marinos allá en esas latitudes. Hay fotografías, anécdotas, encuentros, fugas y decepciones. Es un material digno de investigación, como todo aquel referente a los emplazamientos de internación en la Argentina, como Capilla Vieja, Sierra de la Ventana y tantos otros. Y las leyendas deben de ser más numerosas aún.

He elegido dos, un poco contradictorias pero que pintan muy bien el panorama de la época: la versión uruguaya de la pluma de un oficial del Grupo de Artillería Nro. 2, a la sazón encargado de la custodia, y la de un internado alemán. Imaginemos el lugar, a una eternidad de Montevideo, lejos de todo, una soledad absoluta, una llanura ondulada y un clima casi templado, pobladores buenos y simples que observan y reciben a esos jóvenes rubios.

- El 14 de agosto de 1943, muy temprano – cuenta el alemán – nos ordenaron preparar nuestro equipaje para marchar, por la tarde, al interior del país. Era un sábado. A la seis de la tarde nos llevaron en camiones a la estación de trenes. En los vagones nos custodiaban policías… había tantos o más que internados… A las veinte y treinta el tren especial se puso en marcha. Tras siete horas de viaje llegamos, en plena noche, a la estación de Sarandí del Yí. Hacía mucho frío. Fuimos entregados en custodia a tropas del Ejército, quienes nos condujeron, a pie, hasta “Cárcel”.

Hasta aquí parte del relato, donde narra escuetamente un movimiento inesperado y donde ya se bautiza al lugar como Cárcel, en su original en castellano, costumbre ésa de intercalar palabras en el idioma local, como una suerte de ocurrencia graciosa.

La otra parte sostiene que a los prisioneros se los esperaba a las 19:30 horas, con mantas, colchones y otros enseres, todos dispuestos. Los alemanes mencionan que a las seis de la mañana dormían ya, tras cubrirse con mantas de lana y tenderse en camastros de madera. Además describe el sitio, pese a la oscuridad, con sus barracas y edificios centrales. El testigo uruguayo, sin embargo, menciona inconvenientes y resistencias por parte de los germanos, que no querían mover las cosas. El hecho es que todos se durmieron muy tarde y casi en paz.

Volviendo a la historia local, el autor oriental se explaya en detalles propios de ese tipo de vida, con fugas, algún desorden, desobediencias, trifulcas y mal humor. Es comprensible pues, a parte de la falta de comunicación por el idioma, se sumaba la inactividad y la ansiedad de los tiempos de guerra. Así, su versión es interesante, pues se interna en los entredichos, las disidencias entre nazis y no-nazis, la holgazanería, las guardias de las tropas uruguayas y su cordialidad (lo que no cabe duda, jamás nadie lo negó), las comidas, los amores y los deportes y cómo, lenta e inexorablemente, guardianes y custodiados se aclimatan. La versión alemana hace mucho hincapié en los trabajos manuales, gracias a la disponibilidad de especialistas (electricistas, mecánicos, carpinteros, cocineros, pintores y otros) que buscaron esmerarse para poder vivir mejor. Otros, tanto o más habilidosos, se dedicaron a coser y tejer, con vistas a ornamentar las viviendas, embelleciéndolas con cubrecamas, cortinas y alfombras, algunas de ellas de hasta tres metros de largo (parecía ya un bazar turco), y también con cuadros, dibujos y pinturas. Muchas de esas artesanías, (juguetes, abrecartas, tapices) las vendieron en el poblado.

La alimentación fue siempre un tema. Tal como ocurrió en la Argentina con la masa de los internados, los “uruguayos del Cárcel” sufrieron al principio los gustos locales de la carne asada, el puchero y el mate. También ocurrieron contratiempos, hasta que apareció como por arte de magia un presunto cocinero entre los tripulantes y con cucharón, ollas, sartenes y otros utensilios, se las ingenió para satisfacer los paladares germanos. Pero a la larga, apreciarían la carne en todas sus formas y los nobles “verdes”.


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Toma la palabra el general Wins. Desde una especie de tarima bastante alta, micrófono en mano, hace historia y agradece. Nadie es olvidado. Después, se entregan recuerdos. Yo le hago llegar dos libros de mi autoría, firmados. Después, se sirve el asado criollo, que espera desde muy temprano en las parrillas, atendidas por la gente del Regimiento de Caballería 2. Todos de pie, frente a las mesas bien servidas, cada uno con su tablita marcada a fuego con el escudo del “2”, se sirve la entrada, empanaditas, y se beben refrescos. Luego llegan los chorizos caseros, los chinchulines y el asado con cuero. Es una delicia. La fiesta se anima. Después, el postre, exquisitos pañuelitos de hojaldre con dulce de leche casero.

El Comandante en Jefe se retira y nos dispersamos por el gran patio para seguir mirando. Hay una mesita con sombrilla donde venden réplicas del libro del General Alfredo Campos[3] y el del Mayor Aguiar Godiño[4]. Hay bellas artesanías locales; compro un plato de cerámica con el semblante del Cuartelillo y me obsequian un marcador de libros metálico. Hay otro grupo de edificios donde, en el futuro, se instalará una sala virtual de Internet y el alojamiento de cuadros. Regreso a la sala del museo donde converso con un entusiasta de las cosas del mar y que destaca la última batalla naval clásica como cosa única. Luego saludo a Kurt Gabriel, de la Segunda División del Spee, entonces artillero de un cañón antiaéreo y a un ex tripulante del Tacoma, alto, cabellos ralos, con un ojo cerrado, que me recuerda a Paul Rinck.

Joseph Gilbey me ha hablado de su nuevo proyecto de libro que piensa terminar en el 2003. Es un escocés macanudo, de cabellos blanquísimos, entusiasta investigador. Piensa enfrentar el texto en dos partes: la primera, la vida del hijo de Hans Langsdorff, joven oficial caído al comando de un minisubmarino Biber en las postrimerías del gran conflicto La segunda, será un paralelo entre las vidas de los hijos de los Comandantes, el inglés, Comodoro Harwood y el alemán, Langsdorff, y la influencias de sus padres en la vida naval de su descendencia. Me expone las nuevas teorías de las causas de la entrada en Montevideo del Spee y me recita los documentos que ha hallado. Recalca la caballerosidad y la hidalguía del Comandante alemán. Me deja y busca entusiasmado al embajador japonés, otro personaje vehemente para con esas historias. Las nubes, gordas, llenas de aire y de agua, con sus tonos de gris oscuro y sus caprichos mientras se mueven, me recuerdan al mar.


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Un día nublado también, los prisioneros son llevados a Montevideo. El gobierno uruguayo autoriza a quedarse a los marinos casados. La Argentina, se lo niega a sus prisioneros. Se embarcan en el vapor inglés Highland Monarch, proveniente de Buenos Aires, el 16 de febrero de 1946. Todos ellos, reencontrados, miran al cielo, hacia esas gruesas nubes cargadas, y recuerdan el mar que habrán de enfrentar. El autor alemán cierra su escrito agradeciendo al Capitán de Navío Hans Langsdorff por su decisión ya que, gracias a ella, todos están hoy con vida. El autor uruguayo se despide con el embarque de los marineros y habla de los hogares en el Uruguay, donde los marinos del Spee y del Tacoma encontrarían la tierra de promisión soñada en la que es soberana la paz y donde, en lo límpido de ese cielo, reluce desde siempre el sol de la bandera de libertad.


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Hoy, a más de ochenta años del hecho bélico y sus consecuencias, no puedo dejar de asombrarme del sentimiento de camaradería que subsiste. El evento ha reunido a mucha gente importante y bien intencionada.

[1] Autor del libro “Langsdorff, príncipe del honor”. [2] Responsable del museo Malvín. [3] Un episodio de la Segunda Guerra Mundial en aguas territoriales de la República Oriental del Uruguay. [4] Anécdotas de una misión.






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